En 1833 Atenas se convierte en capital del nuevo estado griego. La Revolución de 1822 la dejó casi inhabitada y medio destruida. Al año siguiente por orden del rey Oto empieza el diseño de propuesta urbanizadora y el levantamiento de edificios públicos con la orden de protegerse los espacios arqueológicos. Durante los siguientes 30 años Atenas vive un orgasmo edificativo y hasta 1896, año en que se celebran los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, su aspecto cambió radicalmente con la creación de imponentes y bellos edificios y de obras de infraestructura.